Sonia Rodríguez (Toronto, 1972), es la bailarina principal del Ballet Nacional de Canadá. De padres españoles, desde los 5 hasta los 17 años residió en España, donde cursó estudios de danza con Pedro de la Cruz. La vida le llevó de regreso a Canadá en 1990 para ocupar una plaza en la prestigiosa compañía torontiana. Desde entonces su carrera ha crecido hasta convertirse en una de las más sólidas y brillantes de la escena internacional. Sonia ha interpretado los papeles principales en algunas de las obras más importantes y populares como “El Lago de los Cisnes”, “Romeo y Julieta”, “La Bella Durmiente”, “Giselle”, “Hamlet” o “Alicia en el País de las Maravillas”.

En el año 2000 se convirtió en bailarina principal del Ballet Nacional y afianzó su carrera con nuevas coreografías como la que ejecutó como Dulcinea en la premiere mundial del “Don Quixote” de George Balanchine en Whasington en 2005. Ha actuado en los escenarios más importantes del mundo y ha impuesto su rotunda personalidad y expresividad como bailarina. En esta entrevista con PanamericanWorld Sonia Rodriguez habla de su vida como estrella de la danza, de sus vivencias como emigrante, de su experiencia en Canadá y de su papel de madre (tiene dos hijos de 10 y 6 años). Ha escrito un libro para niños “T is for Tutu” y desde 2012 tiene su estrella en el Paseo de la Fama de Toronto.

Sonia desmiente estereotipos desde el primer momento. Uno espera encontrarse con una diva de la danza pero asiste a la escena cotidiana de una madre con sus dos hijos, que la acompañan durante la entrevista. Lejos de las luces del escenario y de la sofisticación de la danza hay una Sonia que desborda naturalidad y carisma; algo reconfortante para el periodista, que intuía un diálogo rígido y distante. Nada de eso ocurre. Utiliza un tono solemne y firme cuando habla de su profesión, como si quisiera sacudir cualquier duda sobre su carácter noble y sagrado. Tiene tan interiorizados los sentimientos respecto a la danza que estos fluyen con la belleza de las palabras sinceras. Es la misma pasión que la hace diferente sobre los escenarios, según los críticos. Pero con la misma sinceridad busca los rincones más vulnerables de su pensamiento, aquellos en los que las luces se apagan y solo quedan las inseguridades de la bailarina ante el espejo. Así es cuando habla como madre o símplemente como mujer.

El tuyo es un viaje de ida y vuelta. Naces en Canada, creces en España pero triunfas profesionalmente en Toronto.

Así es. Yo vine aquí porque la compañía me ofreció un puesto y también para conocer el país en el que nací y del que me fui con cinco años. Siempre me había sentido diferente en España porque venía de Canadá, aunque yo no sabía nada de este país. Para mi era algo exótico de lo que me solía hablar mi madre… me hablaba del frío de los inviernos terribles. Todo lo que me contaba era tan diferente a España; y cuando regresé aquí con 17 años comprobé, efectivamente, que era cierto.

¿Cómo surgió la posibilidad de ingresar en el Ballet Nacional de Canadá?

Yo fui a Capri (Italia) a una competición, la Enrico Cecchetti. El jurado a veces puede ofrecer a los ganadores contratos u otro tipo de ofertas. El caso es que gané aquella competición y la directora de la escuela del Ballet Nacional, Betty Oliphant, me habló de la Escuela y pensó que yo podía encajar. Pero como era muy joven me ofreció ir primero un año a la Escuela. Yo regresé de aquella competición a España pensando en la oferta pero no supe nada nuevo hasta varios meses después. Viajé a Toronto para hacer una audición el 14 de febrero de 1990 y me ofrecieron un contrato.

¿Pensaste entonces que estarías casi 25 años?

Nunca piensas eso. Lo veo ahora y fue uno de los momentos que decidió mi vida, que marcó cómo iba a ser mi vida. Siempre pensé que iba a ser algo temporal, lo veía como una experiencia para conocer gente y crecer profesionalmente, nada más. Luego me interesaba mucho el repertorio que trabajaban y eso era algo que influía mucho en mí. Pero nunca pensé que iba a estar tanto tiempo.

¿Qué dijeron tus padres? Era la hija la que hacía ahora el viaje de vuelta a Canadá…

Yo no estaba preparada. Me parecía una aventura genial pero no me di cuenta de lo que suponía hasta que firmé el contrato. Fue entonces cuando me di cuenta de que iba a dejar a  mi familia en España. Llamé a mi madre por teléfono y comencé a llorar. Mi padre y mi madre estaban más preparados, sabían que me tenía que ir de España si quería desarrollar mi profesión como bailarina clásica porque allí no tenía futuro.

Vuelves a Toronto con 17 años en 1990. ¿Cómo fue aquel reencuentro con la ciudad en la que habías nacido?

Todo fue muy diferente, yo pensaba que venía al Polo Norte. Me encontré con una ciudad más joven de lo que pensaba y sobre todo una ciudad con muy poca cultura, y eso me afectó al principio. Yo había viajado por otras ciudades de Europa en la que hueles la historia en cada edificio, en cada plaza. Pero aquí me chocó lo joven que era la ciudad  y eso me sirvió en su momento para valorar cosas de España y de Europa que hasta entonces no había advertido porque formaban parte de mi entorno natural; hablo de la arquitectura, de la historia y de otras muchas cosas que no valoras cuando las tienes cerca.

¿Cómo fue el aterrizaje de una adolescente española en el Ballet Nacional de Canadá?

El mundo de la danza por lo general es igual en todos los sitios porque cualquier compañía en la que trabajes es multicultural y cosmopolita. Así que se vive con naturalidad la llegada de gente de otros países. Para mí el idioma fue la principal barrera porque en mis años en España apenas lo había practicado y me encontré con un grupo que en muchos casos estaba muy cohesionado porque trabajaban juntos desde hace mucho tiempo. Yo sonreía y hacía que entendía las cosas… quizá por eso, porque siempre estaba sonriendo y callada encajé bien desde el primer momento.

¿Cómo era el Ballet Nacional de Canadá cuando ingresaste en 1990?

Era una compañía con fama de acogedora y gran reputación. Eran y son amables y generosos pero en general más reservados de lo que solemos ser los españoles.

¿Tu sangre española opera de algún modo en tu carácter?

Yo he nacido en Canadá pero me desarrollé como persona en España y mi hijo mayor nació en España pero está creciendo en Canadá. Es una gran paradoja en mi vida. Yo, en realidad, me siento más de allá porque crecí y maduré en España pero siento la maldición del emigrante: nunca acabas de ser de ningún sitio. Yo noto que aquí soy diferente a cuando voy a España. En Canadá no me desarrollo personalmente de la misma manera que en España pero cuando voy allá noto al poco tiempo que algo me tira hacia Canadá.