Durante décadas, la presencia femenina en el jazz cubano fue reconocida, sobre todo, a través de grandes voces. Omara Portuondo, Celia Cruz y Olga Guillot abrieron caminos desde universos distintos, enlazando la canción cubana, el bolero y el filin con una sensibilidad jazzística que influyó en varias generaciones. Hoy el panorama es más amplio. Cuba también exhibe pianistas, bateristas, percusionistas, compositoras y directoras de proyectos que disputan espacios históricamente dominados por hombres.

Ese tránsito no ha sido sencillo. Las artistas han enfrentado prejuicios, menor visibilidad, dobles jornadas y una industria que muchas veces reconoce primero su imagen o su voz antes que su condición de creadoras. Aun así, varias han construido carreras sólidas y renovado la manera de entender el jazz cubano.

Mayra Caridad Valdés, una voz de poder

Mayra Caridad Valdés ocupa un lugar esencial en esta historia. Hija de Bebo Valdés y hermana de Chucho Valdés, creció dentro de una de las familias más influyentes de la música cubana. El apellido podía abrir puertas, pero también imponer comparaciones. Ella desarrolló una identidad propia basada en una voz potente, flexible y expresiva.

Su incorporación a Irakere durante la década de 1980 fue decisiva. Allí unió improvisación jazzística, son, bolero, guaracha y herencia afrocubana. Su registro podía sostener arreglos complejos y convertir una canción en una experiencia emocional.

La participación en “Chucho’s Steps”, álbum de Chucho Valdés y The Afro-Cuban Messengers, reforzó su proyección internacional. También compartió escenarios con Paco de Lucía, Herbie Hancock, Arturo Sandoval y Wynton Marsalis. Su trayectoria la convirtió en referencia para las vocalistas cubanas que aspiraban a ser reconocidas como protagonistas del jazz.

Daymé Arocena, una artista sin etiquetas

Daymé Arocena representa una generación que no acepta fronteras rígidas entre géneros. Su música combina jazz, soul, funk, ritmos afrocubanos y elementos contemporáneos. La religión yoruba atraviesa su obra como una estructura espiritual y cultural.

Su formación comenzó en el Conservatorio Alejandro García Caturla y se amplió en agrupaciones estudiantiles y proyectos internacionales. Fue integrante fundadora de Maqueque, el conjunto femenino impulsado por la saxofonista canadiense Jane Bunnett.

Daymé Arocena.

Arocena insiste en presentarse como compositora y cantautora, no únicamente como una voz excepcional. Durante años sintió que la industria celebraba su capacidad vocal, pero ignoraba que escribía sus propias canciones. Su álbum “Alkemi” confirmó esa voluntad de romper esquemas.

La nominación de “A fuego lento” a Canción del Año en los Latin Grammy colocó en primer plano a una creadora que ha convertido la negritud, la espiritualidad, la migración y la libertad artística en partes inseparables de su discurso.

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Brenda Navarrete, el desafío de los tambores

Brenda Navarrete ha confrontado uno de los prejuicios más persistentes de la música afrocubana. La idea de que determinados instrumentos de percusión pertenecen exclusivamente a los hombres.

Cantante y multiinstrumentista, domina timbales, congas, cajón, bongó, djembe, piano, bajo y otras percusiones. Su mayor desafío ha estado en el batá, instrumento central en ceremonias religiosas afrocubanas y asociado tradicionalmente con intérpretes masculinos.

Navarrete se abrió paso mediante estudio, disciplina y conocimiento de sus códigos rituales y musicales. Su carrera demuestra que la presencia femenina en la percusión no es una curiosidad escénica, sino una expresión de autoridad artística.

Como integrante de Interactivo, colectivo dirigido por Roberto Carcassés, participó en uno de los espacios más fértiles del jazz contemporáneo habanero. Con su álbum “Mi Mundo” consolidó una propuesta en la que percusión, voz e identidad afrocubana forman un mismo lenguaje.

Yissy García, ritmo contemporáneo

Yissy García creció cerca de la batería. Su padre, Bernardo García, había formado parte de Irakere. Aunque su familia intentó orientarla hacia la danza, ella eligió los tambores y convirtió esa decisión en una carrera de fuerte personalidad.

Yisy García. Foto: OnCubaNews

Además de integrar Maqueque, dirige Bandancha, proyecto con el que explora cruces entre jazz, música electrónica y sonoridades urbanas. Su trabajo muestra cómo las nuevas jazzistas cubanas no se limitan a preservar una tradición, sino que dialogan con códigos contemporáneos.

Uno de sus videos, centrado en parejas del mismo sexo, recibió tres premios Lucas y estuvo entre las primeras producciones cubanas de esa naturaleza difundidas por un canal estatal. La música se convirtió así en vehículo de innovación y representación.

Leyanis Valdés Reyes, identidad propia

Ser hija de Chucho Valdés colocó a Leyanis Valdés Reyes frente a un desafío particular. Pianista formada en el Conservatorio Amadeo Roldán, debió encontrar una voz propia dentro de una familia asociada mundialmente con el jazz cubano.

Leyanis Valdés. Foto tomada de su página en Facebook

Su respuesta fue profundizar en la música clásica, actuar fuera del país y regresar después al lenguaje familiar desde una posición personal. En su trabajo conviven disciplina académica, tradición y necesidad de diferenciarse.

Junto a su hermano Jessie, baterista, prolonga el legado familiar sin reducirse a una copia. En su caso, la herencia funciona como punto de partida, pero también como una exigencia permanente de autenticidad.

Haydée Milanés, el regreso a las raíces

Haydée Milanés encontró su identidad al volver hacia géneros tradicionales cubanos. Hija de Pablo Milanés, pasó por diferentes estilos antes de reconocerse en el son, el bolero y el filin, corriente marcada por la influencia de los cantantes de jazz estadounidenses de los años cuarenta.

Su propuesta rechaza la imitación. En lugar de intentar sonar como una intérprete extranjera, defiende una expresión anclada en su condición cubana. Esa elección convierte su obra en un puente entre canción, memoria musical y sensibilidad jazzística.

Zule Guerra y la construcción de espacios

Zule Guerra ha combinado creación artística, liderazgo y activismo profesional. Su labor no se limita al escenario. También ha promovido encuentros entre jazzistas, espacios de formación y conversaciones sobre las barreras que enfrentan las mujeres.

Su experiencia resume un problema vigente. Las escuelas de música cuentan con numerosas estudiantes, pero los principales roles profesionales continúan ocupados mayoritariamente por hombres. Las responsabilidades domésticas, la presión sobre la imagen y la escasez de circuitos formales de jazz afectan con mayor fuerza a las mujeres.

Una historia todavía incompleta

La nueva vanguardia femenina del jazz cubano demuestra que el talento nunca fue el problema. La dificultad ha estado en acceder a escenarios, recursos, redes profesionales y reconocimiento. En la edición 40 del Festival Jazz Plaza participaron algo más de veinte proyectos femeninos dentro de un programa mucho mayor, una cifra que revela avances, pero también una brecha persistente.

Mayra Caridad Valdés, Daymé Arocena, Brenda Navarrete, Yissy García, Leyanis Valdés Reyes, Haydée Milanés y Zule Guerra representan distintas maneras de habitar el jazz. Unas cantan, otras componen, improvisan, dirigen o desafían prohibiciones instrumentales. Juntas han ampliado el sonido de Cuba y demostrado que la historia del jazz cubano también se escribe en femenino.