Amarillo, rojo y verde son los tres colores que mandan en Jamaica y que remiten a la bandera de Etiopía, la “Tierra Santa” de los rastas.

Con 240 km de largo y no más de 80 km de ancho, Jamaica se encuentra en el corazón del mar Caribe, unos 150 km al sur de Cuba y 180 km al oeste de Haití y República Dominicana. Perteneciente a las Antillas Mayores, las playas de la costa norte ostentan una seguidilla de resorts con modalidad todo incluido. La mayoría se concentra, fundamentalmente, en Montego Bay.

La bahía, que es abreviada por los jamaiquinos como “Mo Bay”, cuenta con el aeropuerto internacional de Sangster y el puerto de cruceros. Por supuesto, la capital del país, Kingston, tiene otro aeropuerto, pero se trata de una ciudad con desigualdades más violentas que suele quedar afuera del circuito turístico masivo.

Con tragos azucarados y comida buffet a toda hora, actividades acuáticas y propuestas de entretenimiento, las marcas hoteleras mantienen estándares y diseños similares en todo el Caribe. El sello de Jamaica se lo imprimen los trabajadores.

Carl canta todas las mañanas mientras hace volar los omellettes con su sartén y Tyron está más para American Idol que para servir el café del desayuno y el vino de la cena. Los huéspedes lo filman con sus teléfonos y sus agudos suben la apuesta, hasta que se anima a contar que está por grabar su primer single.

En los bares de las piscinas o en las reposeras de la playa, ante cualquier inquietud, comentario o duda existencial, los jamaiquinos tienen una respuesta que se va adoptando con los días: “No problem”. Quizá es una forma de llevar los pesares en la piel y sacudírselos al ritmo de la música, que siempre alcanza. O de inyectarle algo de optimismo a la rutina, repitiendo como un tic: “Yah, mon!” (su modo de decir “Yes, man!”).

Tantos siglos de opresión y esclavitud, recogiendo caña de azúcar, bananas, café… Primero fueron dominados por los españoles que vinieron luego de la llegada de Cristóbal Colón en 1494, cuando la isla estaba poblada por los taínos; a partir de 1655, el imperio británico trajo esclavos de África y convirtió a su colonia en el mayor exportador de azúcar del mundo. El 6 de agosto de 1962 Jamaica logró la independencia. Las remeras que venden las tiendas de souvenirs lo recuerdan: “62”, “One love” y “No problem” en todos los talles y colores.

Las excursiones fueron programadas de menor a mayor y se agradece. El primer día se sale en catamarán para dar una vuelta por el mar turquesa de Montego Bay: música a todo volumen, tragos y parada para hacer snorkel. Durante 40 minutos la mirada sumergida busca peces de colores. Luego de esa pausa, la experiencia bulliciosa termina en la playa y se entrega a la propuesta central de los all inclusive: tomar y comer, alternando entre bares, sombrillas y palmeras. A lo lejos, un pescador se interna en el mar hasta los arrecifes de coral para llenar su balde de pulpos y caracoles conch. Pareciera llevar un canasto de medio metro en la cabeza, pero son sus rastas enroscadas.

El segundo destino en importancia para el turismo es Ocho Ríos, también en la costa norte de Jamaica pero en dirección al este (un buen punto de partida para adentrarse en la isla hasta Nine Mile). Aquí se encuentra uno de los mercados de artesanías más grandes del país, aparentemente bien ubicado justo antes de la salida de las cascadas naturales del río Dunn. Es una lástima que sólo se ingresa al complejo con las imprescindibles zapatillas de agua y el traje de baño. La billetera queda en la combi o en los lejanos lockers y, una vez que se sale de las “Dunn’s River Falls”, no se puede volver a entrar.

Contra la corriente dulce y fría que cae sobre las rocas, cada guía va animando el ascenso del grupo que le toca en suerte con aullidos, gritos eufóricos y filmaciones. Como nadie lleva el teléfono para no mojarlo, la aventura queda sin más registros que la memoria (inútil para Instagram y Facebook), por lo que algunos pagan 10 dólares por una foto.

Los 300 metros escalonados y divertidos aparentan ser aptos para todo público, pero algunos visitantes carecen del estado físico necesario para sortear los pozos de agua y las piedras resbaladizas. Algo parecido se repite con las cabalgatas en el mar, una actividad frecuente que proponen distintas haciendas de la isla.

En Ocho Ríos está el bar del atleta Usain Bolt, especialista en pruebas de velocidad. En las paredes se exhiben los récords mundiales en 100 y 200 metros del “hombre más rápido del mundo” y sus logros materializados en medallas olímpicas.

Cerveza Red Stripe, ron Appleton y platos de pollo o cerdo con la picante salsa jerk acompañados por un pan frito y dulce llamado “festival”. El menú reúne lo más típico que se puede servir en una mesa jamaicana.

Una y otra vez, en la isla asocian a la Argentina con Messi porque les gusta mucho el fútbol. Y entre las anécdotas deportivas locales suelen mencionar al equipo de Jamaica que llegó a ser la revelación de los juegos invernales de Calgary (Canadá) en 1988, al competir en los trineos “bobsleigh” o “bobsled”. Ante el desconcierto de los turistas, recomiendan ver la película “Cool Runnings” (traducida como “Jamaica bajo cero”).

Otra anécdota de película. Antes de dejar Ocho Ríos se lee que cerca se encuentra “The James Bond Beach”: el autor Ian Fleming eligió estas playas como escenario de algunas de sus novelas que llegaron a Hollywood, hasta que decidió instalarse en el lugar. La Villa Fleming es un resort de lujo.

En el sudoeste de la isla se extiende Negril. Hasta allí se llega en otra excursión y se sube a un catamarán que hace dos paradas. La primera es en altamar para practicar snorkel: Marlon baja hasta el fondo marino y trae en la palma de su mano un erizo que a él no lo pincha porque sabe cómo agarrarlo. Su trabajo cotidiano también consiste en mostrar las mantarrayas y el ancla y el cañón de un naufragio ocurrido hace 400 años.

Ya sin la máscara ni las patas de rana, el segundo alto de la navegación está previsto en Seven Mile Beach, la famosa playa abierta y llena de bares, como la súper turística franquicia Margaritaville. Ni el hombre de rastas hasta los tobillos ni los vendedores ambulantes pueden acercarse a los extranjeros, aunque lo intentan desde atrás de una soga. “¿Por qué uso medias y campera con 35 grados? Porque vivo acá, no puedo ponerme protector solar todos los días. Es muy caro”, dice Carmencita, que esta tarde no vende ninguna de sus piezas talladas en madera. “No problem”.

Pensado para turistas, pero con la consagración de haber sido votado alguna vez como uno de los mejores diez bares del mundo, el Rick’s Café abrió en 1974: desde un acantilado se lanzan al agua azul varios clavadistas y algunos viajeros sin sentido común. Sobre el escenario toca una banda de reggae y un rastafari mira el mar con los ojos cerrados, mueve apenas la cabeza y une sus manos como si rezara con los dedos apuntando al horizonte. Mantiene la posición una hora, en la que le toman cientos de fotos y videos personas de los más variados países. ¿Nunca se entera o siempre le resulta indiferente?