Los canales de Xochimilco, al sudeste de Ciudad de México, esconden a Islas de las Muñecas, uno de los destinos  turísticos más tenebrosos del país, lleno de inquietantes juguetes.

Se trata de un conjunto de islas artificiales, levantadas en el siglo XIV por una tribu prehispánica, asentando tierra  cultivable sobre raíces flotantes, directamente sobre las aguas de varios lagos. De ahí su nombre: Xochimilco, que en  lengua nahualt significa campo de flores. Los españoles aprovecharon el sistema xochimilca de siembra de flores y  hortalizas (que se complementaba con la pesca en las aguas lacustres) para alimentar a la Nueva España durante el  virreinato, lo que ayudó a que dicho sistema perviviera hasta nuestros días.

Conocidas como chinampas, estas islas flotantes se extienden sobre las aguas de los lagos Texcoco y Xochimilco formando un  extraño jardín lacustre. Desde tiempos prehispánicos se comunican entre sí por una red de canales rectilíneos. Las  chinampas constituyen un modelo excepcional de hábitat histórico y cultural por el ingenio con que se acoplaron a un  terreno inicialmente poco favorable para su explotación.

Desde 1987, en conjunto con el Centro Histórico de la Ciudad de México, las chinampas de Xochimilco integran el listado de  la Unesco del Patrimonio de la Humanidad. Su gran potencial turístico se intuyó ya desde las primeras décadas del siglo XX,  cuando se inició la creación de los primeros atracaderos para las barcas de paseo.

La navegación turística entre canales se efectúa a bordo de grandes barcazas planas, pintadas de vivos colores, las  trajineras, que se manejan a remo e integran en su interior un conjunto de mesas y sillas habilitadas para disfrutar de la  gastronomía típica al son de algún ritmo local (mariachis, norteños, salterio y acordeón, tríos o marimba). En las  trajineras también puede adquirirse artesanía local, llamativos ramos de flores y plantas ornamentales.

Llegar hasta la Isla de las Muñecas, una chinampa única que destaca sobre el resto por su estrafalaria decoración, nos llevará un par de horas de navegación sobre las aguas tranquilas de los canales, rodeados siempre de naturaleza. Nada más  desembarcar nos sorprenderá la cantidad de muñecas que encontramos por doquier, enganchadas a postes y alambres, colgadas  de los árboles y sujetas a las paredes de madera de una antigua cabaña. Hoy configuran un destino turístico, pero la razón  de tan estremecedora ornamentación permaneció en secreto durante años.

Fue el sobrino y heredero del anterior dueño de la chinampa, don Anastasio Santana, quien desveló los motivos que  impulsaron a su tío, Julián Santana Barrero, un campesino nacido en 1914, a llenar la isla de muñecas. Actualmente, don  Anastasio es el encargado de cuidar el lugar y recibir a los visitantes que llegan a sus orillas desde todos los rincones  del planeta, misión que cumple orgulloso, a pesar del miedo que pasa por las noches cuando escucha voces, ruidos y cantos  extraños, cree que alguien le toca mientras duerme o siente cercano al espíritu de su tío caminando por los alrededores con  su bastoncito.

El señor Julián había sido durante años el único habitante del lugar. Se dedicaba a la pesca y al cultivo de hortalizas que  vendía en los pueblos de alrededor. Según cuenta don Anastasio, la tranquila vida de su tío (que nunca se casó) cambió  drásticamente en 1950, cuando descubrió en las orillas de su diminuta chinampa el cadáver de una muchacha ahogada. A partir  de aquel momento comenzó a escuchar pasos, susurros, quejas y lamentos que lo aterrorizaban.

Sobrecogido, el hasta entonces tranquilo campesino empezó a recoger todas las muñecas que encontraba flotando en los  canales o en las basuras y a colocarlas por toda la chinampa con el único propósito, según recuerda su sobrino, de espantar al espanto. Literal. El mito y las más variopintas leyendas envolvieron desde entonces a la Isla de las Muñecas en una  extraña atmósfera de terror y fantasía, convirtiendo a su único morador en un personaje famoso requerido por periodistas e  investigadores de lo paranormal.

Largamente rebasados los ochenta años, don Julián moriría súbitamente en 2001. En concreto, en el mismo sitio donde había  encontrado a aquella muchacha ahogada que tanto había perturbado su paz. Según dijo, antes de morir, había escuchado  repetidamente la voz de una sirena que le advertía que vendría a por él. Una cruz y un cartel señalan el lugar del fallecimiento entre algunas de aquellas muñecas que trajo para que lo protegieran y cuidaran.