El Mes de la Herencia Hispana rompe una de las convenciones más sencillas del calendario, porque comienza a mitad de un mes y termina a mitad del siguiente. Del 15 de septiembre al 15 de octubre, Estados Unidos dedica 31 días a reconocer la historia, las culturas y las contribuciones de una población hispana que ya supera los 70 millones de personas.

La elección de esas fechas responde a la propia historia latinoamericana. Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua conmemoran su independencia el 15 de septiembre. México lo hace el día 16 y Chile, el 18. Cuando Estados Unidos estableció oficialmente esta celebración, esas fechas quedaron incorporadas a su calendario como una forma de conectar la experiencia de los hispanos en el país con acontecimientos fundamentales de América Latina.

Casi seis décadas después de la primera conmemoración, el Mes de la Herencia Hispana también cuenta una historia estadounidense. Habla de inmigración y ciudadanía, de música y gastronomía, de movimientos sociales, empresas familiares, grandes corporaciones, barrios transformados por generaciones de migrantes y de una población cuya influencia resulta cada vez más visible en la vida cotidiana del país.

De una semana en 1968 a un mes completo

El origen oficial se encuentra en 1968. Ese año, el Congreso aprobó una resolución que autorizaba al presidente a proclamar anualmente una Semana Nacional de la Herencia Hispana. La celebración debía incluir necesariamente el 15 y el 16 de septiembre.

El presidente Lyndon B. Johnson emitió entonces la primera proclamación. En ella aludió a las contribuciones de las personas de ascendencia hispana a la cultura, los negocios, la ciencia y las Fuerzas Armadas estadounidenses. También vinculó expresamente la elección de la semana con los aniversarios de independencia de cinco países centroamericanos y México.

El contexto de 1968 ayuda a entender por qué ese reconocimiento tenía un significado particular. Estados Unidos atravesaba años marcados por el movimiento por los derechos civiles y por las demandas de comunidades que cuestionaban su escasa presencia en instituciones, medios, universidades y espacios de poder.

La población latina tenía además una historia mucho más antigua que las grandes olas migratorias del siglo XX. Buena parte de lo que hoy es el territorio estadounidense estuvo vinculada durante siglos a España y posteriormente a México. California, Texas, Florida, Nevada, Colorado y numerosas ciudades conservan en sus propios nombres las huellas de esa historia.

La celebración institucionalizó, por tanto, algo que ya formaba parte de la realidad del país.

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¿Por qué comienza exactamente el 15 de septiembre?

La explicación conduce a Centroamérica.

El 15 de septiembre de 1821 se firmó en Ciudad de Guatemala el Acta de Independencia de Centroamérica, en un proceso que separó de España a territorios de los que surgirían Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Por eso los cinco países comparten esa fecha en sus calendarios nacionales.

México conmemora su independencia el 16 de septiembre, aunque el inicio de la insurrección encabezada por Miguel Hidalgo ocurrió en la madrugada de ese día de 1810. Chile celebra sus Fiestas Patrias el 18 de septiembre.

Ese conjunto de fechas hizo que mediados de septiembre tuviera un peso simbólico evidente cuando el Congreso estadounidense decidió dónde situar la conmemoración.

La selección también produjo una peculiaridad que permanece hasta hoy. A diferencia del Black History Month, que ocupa febrero completo, o del Asian American, Native Hawaiian and Pacific Islander Heritage Month, celebrado en mayo, la Herencia Hispana atraviesa dos meses.

Veinte años después de su creación, una semana resultaba limitada para una comunidad mucho más numerosa y visible.

En 1988, el Congreso aprobó una nueva legislación que amplió la conmemoración al período comprendido entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre. El presidente Ronald Reagan firmó la ley el 17 de agosto de ese año. La primera proclamación correspondiente al Mes Nacional de la Herencia Hispana fue emitida por George H. W. Bush en septiembre de 1989.

Desde entonces, la celebración se ha incorporado al calendario de escuelas, universidades, museos, bibliotecas, instituciones culturales, organizaciones comunitarias, empresas y organismos públicos.

Su significado, sin embargo, ha cambiado junto con la propia comunidad.

Una población que transformó Estados Unidos

Cuando comenzó la Semana de la Herencia Hispana en 1968, la presencia latina tenía una dimensión demográfica muy diferente. En 2025, la población hispana de Estados Unidos alcanzó los 70,1 millones de personas, aproximadamente el 21% de la población nacional, según las estimaciones más recientes de la Oficina del Censo publicadas este año. Es la mayor minoría étnica o racial del país.

Además, ya hay 16 estados con al menos un millón de residentes hispanos. California y Texas continúan concentrando poblaciones enormes, pero la expansión latina dejó de ser hace tiempo un fenómeno limitado al suroeste, Florida o grandes ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Miami.

Georgia, Carolina del Norte, Virginia, Washington y otros estados han experimentado transformaciones demográficas que también modifican sus mercados laborales, sistemas escolares, negocios y vida cultural.

La categoría «hispano», por otra parte, reúne realidades muy diferentes.

Un mexicanoamericano de tercera generación en Texas, una familia puertorriqueña en Nueva York, un empresario cubano en Miami, una enfermera dominicana en Massachusetts o un joven venezolano recién llegado pueden aparecer dentro de la misma clasificación estadística, aunque sus experiencias históricas, migratorias y culturales sean distintas.

Esa diversidad es uno de los principales desafíos cuando se intenta hablar de una única «comunidad hispana».

Mucho más que una celebración cultural

Durante septiembre y octubre proliferan conciertos, festivales gastronómicos, exposiciones, ciclos cinematográficos y homenajes a figuras latinas. Esa dimensión cultural forma parte natural de la conmemoración, pero limitarla a música, comida y tradiciones ofrece una imagen incompleta.

La historia hispana en Estados Unidos también pasa por César Chávez y Dolores Huerta en el movimiento sindical; por figuras como Sonia Sotomayor en la Corte Suprema; por científicos, empresarios, escritores y artistas; por generaciones de veteranos militares y por millones de trabajadores que han participado en la construcción material y económica del país.

También incluye debates sobre inmigración, ciudadanía, educación bilingüe, representación política, desigualdad y acceso a oportunidades.

Incluso los indicadores sociales muestran una realidad en movimiento. La Oficina del Censo informó recientemente que la tasa oficial de pobreza entre la población hispana cayó al 13,9% en 2025, el nivel más bajo registrado en esa serie, aunque continúa por encima de la tasa nacional, situada en 10,2%.

Es una fotografía más compleja que la celebración festiva que suele dominar las campañas del Mes de la Herencia Hispana.

Una identidad que sigue cambiando

El término utilizado para nombrar a esta población tampoco está libre de discusión.

«Hispano» ganó fuerza institucional en Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX y pone énfasis en una herencia lingüística y cultural relacionada con España. «Latino» establece una referencia geográfica más amplia hacia América Latina. También han aparecido términos como «Latinx» o «Latine», mientras muchas personas prefieren definirse sencillamente por su origen nacional: mexicanos, cubanos, puertorriqueños, dominicanos, colombianos, salvadoreños o venezolanos.

Esas diferencias ayudan a comprender por qué el Mes de la Herencia Hispana funciona mejor cuando muestra la diversidad interna de una población que cuando intenta reducirla a una identidad uniforme.

La celebración que comenzó con una semana en 1968 se desarrolla hoy en un Estados Unidos profundamente diferente.

Las redadas y detenciones de ICE se han extendido a hogares, centros de trabajo, comparecencias ante tribunales migratorios e incluso citas rutinarias con las autoridades. Algunas personas detenidas tienen solicitudes de asilo, procesos para obtener residencia permanente u otros procedimientos legales abiertos.

Organizaciones de derechos civiles han denunciado riesgos para el debido proceso y posibles casos de perfilamiento racial, mientras el Gobierno sostiene que el endurecimiento de la política migratoria responde a objetivos de seguridad y cumplimiento de las leyes de inmigración. En distintas comunidades, ese escenario ha alimentado el temor a ser detenido, incluso entre personas que mantienen casos migratorios activos o llevan años construyendo su vida en Estados Unidos.

Así comienza el Mes de la Herencia Hispana, entre festivales, homenajes y reconocimientos a una comunidad que representa alrededor de uno de cada cinco habitantes del país, pero también en medio de una incertidumbre que atraviesa a numerosas familias inmigrantes. Las mismas calles donde durante estas semanas se celebran la música, la gastronomía y las historias de generaciones de latinos son escenario de un debate intenso sobre quién puede permanecer en Estados Unidos y bajo qué condiciones.

Casi seis décadas después de aquella primera Semana de la Herencia Hispana de 1968, la conmemoración vuelve a recordar que la historia de los latinos en Estados Unidos también ha sido una historia de pertenencia, derechos, migración y búsqueda de un lugar propio dentro del país.

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