Guatemala puede ser considerado el país más diverso de Centroamérica. Para los viajeros que quieren acercarse a paisajes extraordinarios y encontrarse con lo más auténtico del mundo maya, este es el lugar ideal.

TIKAL, LA GRAN JOYA MAYA

El gran destino maya sigue sorprendiendo por más que uno lo haya visto en un montón de fotos previamente. Están en medio de  la selva y lo mejor es llegar por la mañana para disfrutar del conjunto todo el día. Construido en sucesivas oleadas  durante 800 años, Tikal es un extenso y complejo yacimiento compuesto por templos (extraordinariamente restaurados),  pirámides y estelas. Para hacerse una idea general, conviene pasar por el centro de visitantes y dedicar un rato a la  maqueta a escala del complejo, así como a las joyas reales del pequeño Museo Sylvanus G. Morley. Habitada durante 1.600  años, la ciudad de Tikal representa el máximo esplendor cultural y artístico alcanzado por la civilización maya en plena  jungla. Desde el elevado templo IV, en el límite occidental del recinto, se obtiene una vista panorámica fabulosa.

ANTIGUA, HERMOSO ENVOLTORIO COLONIAL

La antigua capital de Guatemala es, probablemente, su destino más imprescindible. El catálogo de reliquias coloniales que conserva es impresionante, con fachadas color pastel que se extienden a los pies de tres volcanes. Ningún otro  lugar del país combina de modo tan magnífico la gastronomía y vida nocturna, la turística venta de suvenires en los  mercados, una hermosa placita central repleta de fuentes y vistas de postal desde prácticamente cada esquina de la ciudad.  Tal vez el milagro de Antigua sea su resistencia. A pesar de los terremotos, las erupciones volcánicas, las inundaciones y  el abandono, ha resurgido una y otra vez gracias al orgullo de sus habitantes.

LAGO ATITLÁN, UNA POSTAL GUATEMALTECA

Esta enorme mancha de agua completa el trío de visitas imprescindibles de Guatemala; e incluso provoca arrebatos poéticos  en los viajeros más curtidos. De origen volcánico, en ocasiones plácido, en otras turbulento, el lago está rodeado de  volcanes y sus orillas salpicadas de pueblos como Santiago Atitlán, de floreciente cultura indígena, o San Marcos, un  refugio para los que quieran conectarse a la energía cósmica de este lugar. Para completar la estancia, se puede sobrevolar  en parapente en Santa Catarina Palopó, realizar una travesía en kayak desde Santa Cruz La Laguna o practicar senderismo por  alguna de las fabulosas rutas que discurren por sus orillas. Los pescadores navegan por el lago en rústicas embarcaciones,  mientras las indígenas, ataviadas con sus vestidos multicolores, hacen la colada junto a sus aguas. Las fotos  espectaculares están aseguradas.

CHICHICASTENANGO, ENCUENTRO INDÍGENA

Sus habitantes la llaman Chichi, para abreviar, y para el viajero supone una ventana abierta a la tradición indígena  guatemalteca, ya que para los habitantes de la zona, que hablan maya quiché, Chichicastenango sigue siendo un verdadero  cruce de caminos y un lugar cargado de espiritualidad. En la iglesia de Santo Tomás, en el centro del pueblo, y en el cerro  de Pascual Abaj, al sur, los rituales mayas se sincretizan con la iconografía cristiana. El mercado que se instala dos  veces por semana ofrece recuerdos de extraordinaria calidad, sobre todo textiles, así como máscaras de madera. Rodeada de  valles y montañas, Chichi parece como aislada en el tiempo y el espacio, con sus estrechas y adoquinadas calles y sus  tejados envueltos en la niebla.

RÍO DULCE, LA VIEJA FRONTERA

Al pueblo de Río Dulce, en el extremo oriental del lago de Izabal, lo siguen llamando Fronteras, un recuerdo de otros  tiempos, cuando el río que le da nombre solo se podía cruzar en trasbordador y este era el último enclave de civilización  antes del largo y dificultoso viaje hacia El Petén. Los tiempos han cambiado y actualmente un puente enorme salva el cauce  y las carreteras son las mejores del país. El Río Dulce conecta las aguas del Izabal, el mayor lago de Guatemala, con la  costa del Caribe. Su sinuoso caudal invita a un paseo en lancha, a través de un valle de altas pendientes, vegetación  exuberante cantos de aves y escurridizos manatíes. No se trata de un crucero turístico (aquí, el río es un modo de vida y  una vía de transporte), pero se puede atracar en un par de lugares para visitar comunidades fluviales y aguas termales, que  convierten la travesía en una experiencia inolvidable.

EL MIRADOR, UNA MIRADA SOBRE LA SELVA PROFUNDA

Enterrada en lo más profundo de la jungla de El Petén, a solo siete kilómetros de la frontera mexicana, la ciudad de El  Mirador contiene el mayor conjunto de edificios mayas del país, entre ellos la pirámide más grande construida por dicha  civilización, la Danta, desde donde se domina el techo selvático. Los aventureros más audaces –la caminata implica un  mínimo de seis días entre fango y mosquitos, a menos que se haga en helicóptero– encontrarán en El Mirador una oportunidad  emocionante de explorar los orígenes de la historia maya, en un lugar donde aún trabajan equipos de arqueólogos con los que  se puede conversar.

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