Los verdaderos orígenes del Cristo Negro son en realidad desconocidos. Según la leyenda, la estatua en sí puede haber sido un milagro. Corría el año 1658, mes de octubre y según cuenta la historia, un esclavo negro estaba pescando en la ciudad cuando vio un gran objeto flotando en el agua. Después de arrastrar el objeto misteriosamente envuelto hacia tierra, lo desenvolvió a la vista de varios espectadores. Allí apareció la figura del Cristo Negro.

Muchos lugareños sintieron que la apariencia de la estatua era una señal de que Jesús estaba con ellos en un sentido muy concreto. Esta veneración fue recompensada y verificada cuando una plaga que estaba desolando la zona desapareció justo cuando la figura de Cristo llegó a la ciudad.

De donde sea que venga la estatua, se colocó en la Iglesia de San Felipe de Portobelo, en Panamá, donde ha permanecido desde entonces. Para honrar las acciones milagrosas del Cristo inanimado, se celebra una procesión cada 21 de octubre durante los últimos siglos. Durante la procesión, los peregrinos recorren varios kilómetros en Portobelo, y muchos se ponen túnicas ceremoniales y se arrastran hasta la iglesia en honor a la figura de Cristo.

El Cristo Negro, fervor y pasión panameña

Al Cristo Negro se le cambia la ropa (una de las dos veces al año que esto sucede) y se le lleva sobre los hombros de los agradecidos fieles a través de una corta distancia, representando el camino que recorrió arrastrándose desde el mar. La distancia puede ser corta, pero la forma en que se mueve la procesión sigue un extraño conjunto de pasos (cuatro pasos adelante, tres atrás, al ritmo de la música) que prolonga la ceremonia. El Cristo Negro es devuelto a la iglesia a la medianoche.

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Durante el Festival del Cristo Negro, miles de peregrinos arriban a Portobelo. Las historias mágicas y milagros se cuentan rodeando a la imágen del Cristo Negro. La atmósfera es una mezcla de fervor religioso y festividad. Los vendedores ofrecen elementos religiosos y en la procesión de la estatua del Cristo Negro que involucra a gente sosteniendo cera caliente sobre sus cuerpos. El ritual eleva el nivel del dolor como una penitencia en pos de la pureza. Al mismo tiempo se toca música en vivo.

Los orígenes de la presencia de esta imagen, siguen siendo desconocidas históricamente.

Otras leyendas

Los orígenes de la presencia de esta imagen, siguen siendo desconocidas históricamente. No obstante, los habitantes del lugar relatan tres leyendas que sostienen las razones de dicha presencia:

Foto: Facebook

La caja y la tormenta: Algunos cuentan que un barco que se dirigía a Cartagena de Indias, cada vez que intentaba zarpar de Portobelo se desataba una violenta tormenta, obligándoles a regresar al puerto. En el quinto intento, la tripulación estuvo a punto de naufragar, por lo que decidieron aligerar la carga tirando por la borda una enorme y pesada caja que llevaban en su bodega.

Luego de esto el barco pudo navegar sin problema. Seguidamente unos pescadores encontraron la caja y cuando la abrieron vieron que era una imagen del Nazareno, llevándola luego al pueblo, la colocaron en la iglesia.

La caja y la epidemia: Otra de las leyendas cuenta que unos pescadores encontraron una caja flotando en el mar durante una epidemia de cólera, dentro estaba el Cristo y lo colocaron en la iglesia. Casi inmediatamente la epidemia se acabó y los enfermos se recuperaron rápidamente.

La equivocación de imágenes: Una tercera leyenda asegura que la Iglesia de Taboga (una isla del Pacífico), ordenó la imagen de un Jesús Nazareno a un proveedor en España. Por otra parte, la Iglesia de Portobelo le solicitó al mismo artesano una imagen de San Pedro. Se produjo una equivocación al enviar las imágenes, y el San Pedro terminó en Taboga y el Nazareno en Portobelo. Todos los esfuerzos que se hicieron para tratar de subsanar la equivocación resultaron infructuosos, pues siempre ocurría algo que impedía al Nazareno abandonar el pueblo. De esta manera la comunidad interpretó las dificultades como un mensaje divino y desistió de la idea de intercambiar las imágenes.


Artículo publicado originalmente en Enroute