Canadá sigue siendo, en 2025, el principal emisor de turistas hacia Cuba. Lo es por tradición, por geografía y por afinidades que se han construido a lo largo de más de medio siglo. Sin embargo, las cifras recientes cuentan una historia más compleja: el liderazgo permanece, pero el volumen de viajeros se reduce. Entre enero y julio de este año arribaron 478.388 canadienses, un 23% menos que en igual período de 2024.

La caída preocupa porque Cuba depende en exceso de ese mercado. En julio se reportó un respiro: 50.083 visitantes canadienses, lo que significó un crecimiento del 112% respecto al mismo mes del año pasado. Para el consejero de Turismo en Canadá, Lessner Gómez, es una señal de recuperación fruto de inversiones hoteleras y nuevas rutas aéreas. Pero los números acumulados del año dejan claro que el panorama no es tan optimista.

Una relación con raíces en los años 60

Para entender la centralidad de Canadá en el turismo cubano hay que retroceder a 1959. Con la Revolución en el poder y el embargo de Estados Unidos en marcha, la isla perdió de golpe a su principal mercado emisor. Fue Canadá, junto con México, quien mantuvo relaciones abiertas.

Durante los años 60 y 70, los visitantes canadienses llegaban en números modestos, pero esa constancia sentó bases sólidas. En los 80, con el auge de los vuelos chárter y los primeros catálogos de “sol y playa”, Varadero empezó a convertirse en palabra familiar en Montreal o Toronto.

El salto mayor llegó en los 90, tras el colapso soviético. Con el Período Especial golpeando la economía, Cuba apostó todo al turismo. En ese contexto, Canadá asumió el rol de salvavidas: en 1995 el turismo superó al azúcar como primera fuente de divisas, con los canadienses a la cabeza de ese cambio estructural.

El boom de los 2000 y la “época dorada”

Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, Canadá consolidó su primacía. En años como 2014 o 2018, alrededor de un millón de sus ciudadanos visitaron Cuba, lo que representó entre el 30 y el 40% del total de turistas internacionales. Ningún otro país estuvo cerca.

Ni siquiera el breve deshielo entre Cuba y Estados Unidos en 2015-2016 alteró esa supremacía. Aunque más de 600.000 estadounidenses viajaron a la isla en 2018, no superaron la cifra canadiense de ese mismo año, que rondó los 1,1 millones. Para los cubanos, Canadá era —y sigue siendo— el mercado más confiable y estable.

Inversiones que marcaron la diferencia

El hotel Royalton Hicacos es uno de los más conocidos de la empresa canadiense en Varadero. Foto: Depositphotos

El vínculo de Canadá con el turismo cubano nunca se ha limitado a llenar aviones con pasajeros. También ha estado presente en los cimientos de la industria. Durante décadas, cadenas hoteleras, turoperadores y aerolíneas del país norteño se han asociado con el Estado cubano para expandir polos turísticos estratégicos.

Un caso emblemático es Royalton Hotel & Resorts, anteriormente conocida como Blue Diamond Resorts, empresa canadiense que se ha consolidado como uno de los tres mayores operadores hoteleros en Cuba junto a las españolas Meliá e Iberostar. La cadena administra más de 20 propiedades en destinos clave como Varadero, La Habana, Cayo Largo del Sur, Cayo Santa María, Cayo Coco y Holguín, con marcas como Royalton, Grand Memories, Starfish y Mystique, muy orientadas al cliente canadiense que busca vacaciones todo incluido.

La apuesta de Royalton en la isla ha sido agresiva: abrió resorts de gran escala, renovó hoteles estatales bajo estándares internacionales y se convirtió en socio estratégico de Gaviota, el grupo hotelero militar cubano. Esa expansión permitió diversificar la oferta y mantener competitivo el producto cubano frente a otros destinos caribeños.

La influencia canadiense también se refleja en la conectividad aérea. Sunwing, Air Transat y Air Canada Vacations han sido durante años los principales turoperadores que llenan las habitaciones de cadenas como Royalton, articulando un ecosistema en el que la inversión canadiense garantiza hoteles, vuelos y paquetes a gran escala.

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Ventajas geográficas y climáticas

Si algo explica esta historia de fidelidad, además de la política y las inversiones, es la geografía. Volar de Toronto a La Habana toma entre tres y cuatro horas; a Varadero o Cayo Coco, incluso menos. A diferencia de los viajes transatlánticos, no hay cambios de huso horario que compliquen la experiencia.

Y luego está el clima: la temporada alta cubana coincide con los inviernos más duros del norte. Mientras en Montreal las calles se congelan, en Varadero los termómetros marcan 28 grados y el mar invita a nadar. Esa complementariedad convirtió a Cuba en el “hogar de invierno” de los canadienses, un ritual casi cultural que atraviesa generaciones.

El perfil del viajero canadiense

Varadero es el principal destino de sol y playa de Cuba. Foto: Depositphotos

Los estudios del Ministerio de Turismo revelan patrones claros. Un 40% viaja principalmente por sol y playa; un 14% busca descanso; y alrededor de un 12% se interesa por la cultura y la historia cubana. Prefieren resorts de cuatro y cinco estrellas, con sistema todo incluido. Gastan menos fuera del hotel que otros turistas, pero su volumen compensa cualquier diferencia.

Muchos repiten año tras año, estableciendo amistades con trabajadores de hoteles o familias locales. Esa fidelidad explica que incluso en momentos de crisis —apagones, escasez de productos, deterioro en los servicios—, Canadá no desaparezca de las estadísticas.

Cifras que marcan tendencia

Antes de la pandemia, el millón de visitantes anuales parecía garantizado. En 2019 llegaron unos 1,1 millones de canadienses. La COVID-19 redujo la cifra a 413.000 en 2020 y prácticamente a cero en 2021. En 2022 empezó la recuperación con 536.000, y en 2023 se alcanzaron 936.000, acercándose otra vez a la “época dorada”.

El retroceso en 2024, con 860.000, ya encendió alarmas. Y en 2025 el descenso se ha acentuado: los 478.000 visitantes entre enero y julio representan una contracción fuerte. Pese a ello, siguen siendo casi la mitad del total de turistas internacionales en Cuba, lo que muestra la magnitud de la dependencia.

Impacto en la economía cubana

El turismo canadiense es vital para Cuba. En años de bonanza, los ingresos totales del sector rondaron los 2.500 millones de dólares, de los cuales se estima que entre 480 y 500 millones provinieron de canadienses. Ese dinero sostiene hoteles, empleos, aeropuertos y también sectores indirectos como la agricultura y el transporte.

Varadero es el ejemplo más claro: más de 50 hoteles, miles de empleos y una economía local que gira casi exclusivamente alrededor de los canadienses. Guardalavaca, en Holguín, también depende en buena medida de esos visitantes, atraídos por playas, actividades acuáticas y un entorno natural preservado.

Críticas y competencia creciente

Los continuos apagones y la escasez de alimentos afectan al turismo de ciudad. Foto: Depositphotos

El problema es que la experiencia ya no convence como antes. Los apagones prolongados, la escasez de alimentos en hoteles, las deficiencias en mantenimiento y la falta de variedad en la gastronomía afectan la satisfacción del viajero. Ante esta situación, muchos optan por Cancún, Punta Cana o Jamaica, donde encuentran mejor relación calidad-precio.

La propia advertencia del gobierno canadiense, que recomienda a los turistas llevar medicamentos y estar atentos a la falta de productos básicos, no ayuda a mejorar la percepción. Y aunque Cuba sigue siendo vista como un destino seguro frente a la violencia de otros países de la región, la calidad de los servicios se convierte en el talón de Aquiles.

A pesar de todo, hay algo que mantiene viva la relación: la conexión humana. Muchos turistas repitentes llevan medicinas o artículos básicos para amigos cubanos; otros regresan cada año como si se tratara de visitar una segunda casa. Esa solidaridad, tejida a lo largo de décadas, explica por qué el mercado canadiense nunca ha desaparecido del mapa turístico cubano.

Lo que viene: una temporada de prueba

El invierno 2025-2026 será decisivo. Con nuevas rutas —como el regreso de WestJet a La Habana— y la promesa de mejores servicios, Cuba espera recuperar parte del terreno perdido. La incógnita es si el país podrá garantizar estabilidad en energía, alimentos y atención al cliente.

Porque lo que está en juego no es solo mantener a Canadá como primer emisor, sino evitar que el volumen de viajeros siga cayendo. Una cosa es conservar el liderazgo por inercia, y otra muy distinta es asegurar cifras que sostengan la economía.

Una relación puesta a prueba

Canadá ha sido durante décadas el gran aliado turístico de Cuba. Le abrió sus puertas en los años 60, lo sostuvo en los 90, lo rescató tras la pandemia y sigue aportando casi la mitad de sus visitantes. Sin embargo, esa fidelidad histórica enfrenta ahora un examen difícil.

El reto para Cuba no es perder el primer puesto —nadie parece capaz de arrebatárselo en el corto plazo—, sino evitar que la caída en el número de viajeros erosione el peso económico del sector. Para lograrlo, deberá ofrecer una experiencia más consistente, competitiva y ajustada a las expectativas del cliente canadiense, que hoy tiene más opciones que nunca en el Caribe.

Por ahora, las playas de Varadero, Cayo Largo del Sur y Guardalavaca todavía hablan con acento canadiense. Pero si Cuba no mejora su propuesta, ese idilio construido durante más de medio siglo podría empezar a desvanecerse.

Foto de la portada: Depositphotos