Viajes y Cultura

Callejón de Hamel, un lugar con identidad propia en La Habana

Callejón de Hamel.

Foto: Iván del Toro.

Cuando los realizadores de la franquicia “Rápido y Furioso” decidieron rodar parte de la octava entrega en Cuba, para la primera escena, entre tantos lugares variopintos y grandilocuentes de La Habana, metieron sus camiones de Hollywood, sus equipos y su gigantesco staff, en el Callejón de Hamel, en la barriada Cayo Hueso, bastante cerca del Malecón.

El Callejón de Hamel tiene personalidad propia, no necesita de nada ni de nadie para ser. Es como el barrio chino de La Habana, o el boulevard de Obispo, un sitio con olores, sabores, colores y sonidos particulares. El callejón huele, suena, sabe y se ve como cultura afrocubana.

Para visitarlo es mejor ir los domingos, día de la semana en que toma verdadera forma. Los domingos son como la rumba. Ese día, los vecinos, vestidos como antiguos dioses del panteón Yoruba, los Orishas, salen al callejón a recibir a los visitantes y se escuchan fuertes los toques de los tambores.

La entrada al callejón fue diseñada con piedras sobre piedras. Estas representan lo imperecedero de Dios y de los Orishas y según cuenta la sabiduría popular en ellas, también llamadas Otanes es donde se consagran los dioses guerreros Elegguá, Oggún, Oshosi y Ozun.

Junto a la entrada un poste eléctrico también recibe al visitante con los colores de la bandera de Francia, indicio temprano de que lo que está próximo a ser visto será una muestra indiscutible del sincretismo entre las culturas africanas y europeas, dos matrices importantes en la conformación del “ajiaco” que compone la identidad cubana.

La bandera francesa alude también a Fernando Belleau Hamel, ciudadano estadounidense de origen franco-alemán dueño de esos terrenos de la barriada de Cayo Hueso a principios del siglo XX. Hamel  puso en marcha un negocio de materia prima y fundición que sirvió para que muchos de los habitantes del territorio obtuvieran trabajos decentes, en su mayoría negros y chinos, incluso impulsó la construcción de viviendas para estos trabajadores en los alrededores de la barriada. Este hecho hizo que tomara su nombre.

Una vez dentro del Callejón, todo el lugar, incluso los edificios que lo rodean, están pintados con colores vivos, representativos de la cultura afrocubana. Sobre las fachadas abundan también frases, poemas, pensamientos de intelectuales y artistas cubanos como Fernando Ortiz, Martí y de Salvador Gonzales Escalona, escultor artífice del callejón.

Abundan también instalaciones realizadas con todo tipo de objetos y materiales entre los que resalta el uso de los metales, consagrados también al orisha Ogún. El sincretismo de la santería cubana posibilita que en el lugar convivan también representaciones de deidades cristianas que se han asociado al panteón Yoruba e, incluso, un santuario que representa la práctica del Palo de Monte, religión procedente del Congo. Resulta especialmente interesante para los visitantes al final del recorrido el trono de Shangó donde pueden tomarse fotos y pedirle al santo por su protección, por estabilidad económica, espiritual y por salud.

Por las razones antes descritas no debe asombrar encontrar en un mismo espacio del callejón representaciones tan diversas como un maniquí que simboliza a una deidad africana junto a un pasaje del libro “El Principito” del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry junto a un busto del Apóstol cubano José Martí.

La historia del Callejón como se conoce hoy se remonta a los años 1989- 1990  cuando comienza a gestarse como proyecto social –comunitario. En aquel entonces, el artista plástico Salvador González Escalona decide arreglar todas las fachadas en mal estado de las casas, a partir de la petición de un vecino del callejón.

Los arreglos consistieron en pintar las delanteras de las casas del callejón a manera de murales con motivos y representaciones que aludieran al sincretismo de cultural y religioso afrocubano y que dieran la medida de su importancia en la conformación de la nacionalidad cubana.

Lo más interesante de estos murales es su sentido cultural- utilitario, por una parte intentan reflejar de manera abstracta algunas pistas mítico-religiosas de la cultura afrocubana y su cosmovisión, junto a las necesidades sentires, frustraciones y deseos más profundos de los habitantes del lugar, dando como resultado una amalgama de sentidos e imaginarios colectivos  que ilustran las esencias de los lugareños. Por otra parte, esta amalgama sirve para embellecer y decorar las viviendas del grupo de vecinos. La creación del callejón ha permitido además a sus habitantes diversificar su gestión económica a partir de una serie de iniciativas estatales y privadas que han florecido con la afluencia de turistas y visitantes al lugar.

Por estas razones el callejón es mucho más que una galería comunitaria o un “museo al aire libre” como muchos le han llamado, es una experiencia que vincula el arte al desarrollo local comunitario y el disfrute y apreciación de la obra plástica con el conocimiento histórico- identitario del pueblo cubano a través de talleres de creación para niños y jóvenes, ciclos de conferencias, representaciones de teatro, entre otras iniciativas.

El Callejón de Hamel no ocupa más de 200 metros; donde desemboca hay una escuela secundaria que en su fachada también recogió un poco del arte que sale del callejón. Cuando los niños terminan sus clases o durante el recreo, visitan el callejón y tienen tan naturalizado el hecho de que ese espacio es también suyo, que el arte ya no les asombra, las marcas de identidad no les asombran, el vínculo multicultural de siglos no les asombra; a Hollywood le asombra, pero no a ellos, porque es un lugar auténtico que no fanfarronea sobre su espectacularidad.

Texto: Yerisleydys Menéndez García / PanamericanWorld – La Habana
Fotos: Iván del Toro 
/ PanamericanWorld – La Habana

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