La retirada de varias cadenas internacionales de decenas de hoteles cubanos no es un simple reajuste empresarial. Es la señal más visible de un derrumbe que combina presión estadounidense, apagones prolongados, escasez de combustible, baja demanda y una estrategia turística incapaz de corregir sus propios desequilibrios. En pocas semanas, firmas que durante décadas ayudaron a comercializar la isla comenzaron a cortar vínculos con instalaciones estatales, especialmente aquellas asociadas a Gaviota, brazo turístico del conglomerado militar Gaesa.

Meliá renunció a la gestión de 15 hoteles. Iberostar dejó 12 establecimientos vinculados a Gaviota. Blue Diamond abandonó por completo sus operaciones, mientras Archipelago International retiró su marca de varios inmuebles. Otros operadores suspendieron reservas, redujeron su presencia o desaparecieron silenciosamente de los canales de venta. La simultaneidad de estos movimientos confirma que no se trata de decisiones aisladas.

Washington cambia el cálculo de riesgo

El detonante inmediato fue la ofensiva de la administración de Donald Trump contra Gaesa. Una orden ejecutiva firmada el 1 de mayo abrió la puerta a sanciones contra empresas y personas con negocios vinculados al conglomerado, y fijó el 5 de junio como límite para reajustar esas relaciones.

Para las hoteleras, el problema dejó de ser exclusivamente comercial. Mantener contratos con Gaviota podía comprometer operaciones bancarias, acceso al sistema financiero internacional, activos y relaciones con proveedores.

Gabriel Escarrer Jaume, presidente de Meliá, terminó reconociendo que la compañía seguía las instrucciones de Estados Unidos. Sin embargo, atribuir toda la retirada a las sanciones sería incompleto. La presión estadounidense aceleró decisiones que ya encontraban respaldo en la realidad económica de la isla.

Hoteles sin huéspedes y un mercado en caída libre

Entre enero y mayo de 2026, Cuba recibió alrededor de 359.000 visitantes internacionales, 58,4% menos que un año antes. La ocupación hotelera durante el primer trimestre fue de apenas 12,9%, una cifra incompatible con una red cercana a 80.000 habitaciones.

Canadá continuó como principal emisor, pero también retrocedió. Rusia, Estados Unidos, España y otros mercados disminuyeron. Los viajes de cubanos residentes en el exterior cayeron 39%. A la menor demanda se sumó la suspensión de vuelos provocada por la falta de combustible para abastecer aeronaves y por la retirada de operadores turísticos.

Mientras destinos como Punta Cana y Cancún recuperaron o superaron sus niveles previos a la pandemia, Cuba cerró 2025 con apenas 1,8 millones de visitantes, muy lejos de los 4,6 millones registrados en 2018.

Muchos hoteles afectados por la retirada extranjera ya estaban cerrados o trabajaban de manera intermitente.

La pérdida de operadores afecta además a una cadena amplia: agencias de viajes, transportistas, proveedores, restaurantes, artistas y trabajadores privados que dependían del flujo de huéspedes. Cada habitación vacía reduce consumos fuera del hotel y profundiza la escasez de divisas. El retroceso, por tanto, no queda encerrado en los balances de Gaesa o del Ministerio del Turismo; se transmite a comunidades vinculadas al sector.

Los edificios no pertenecían a Meliá, Iberostar o Blue Diamond. La propiedad permanecía en manos estatales. Las compañías extranjeras aportaban gestión, marca, sistemas de reservas, promoción, acuerdos con turoperadores, acceso a mercados y estándares reconocibles para el visitante.

El Estado puede asumir un hotel, pero difícilmente puede reemplazar de inmediato las redes internacionales que llenaban habitaciones y daban confianza a clientes, agencias y proveedores.

La retirada también erosiona la percepción de calidad. La presencia de una marca global funcionaba como garantía parcial. Sin ella, el viajero percibe un riesgo mayor.

El desafío ya no es únicamente mantener abiertos los hoteles. Es encontrar quién pueda venderlos.

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El fracaso de una apuesta desproporcionada

Durante años, Cuba destinó recursos considerables a construir complejos de lujo mientras sectores como la agricultura, la vivienda, la salud y la infraestructura eléctrica acumulaban carencias. La apuesta descansaba en que el turismo generaría las divisas necesarias para sostener al resto de la economía.

Ese cálculo no funcionó. La pandemia quebró el crecimiento, las sanciones estadounidenses limitaron mercados y transacciones, y la crisis energética deterioró el producto turístico. La salida de las cadenas deja al descubierto esa contradicción. Cuba posee instalaciones modernas que no puede llenar, operar de forma estable ni mantener con facilidad. Si el abandono se prolonga, los inmuebles perderán valor con rapidez.

La política de Washington tiene un impacto directo. Al amenazar a empresas de terceros países con castigos financieros, Estados Unidos amplía extraterritorialmente el alcance de sus sanciones y encarece cualquier vínculo económico con Cuba. Las decisiones de las hoteleras muestran que esa presión funciona.

Pero el Gobierno cubano tampoco puede explicar el desastre solo mediante el embargo. La opacidad de Gaesa, la concentración de inversiones en hoteles, la débil autonomía empresarial, la falta de divisas y el deterioro general de los servicios redujeron la capacidad del sector para resistir el golpe externo.

Las cadenas no huyeron de un mercado saludable. Se retiraron de un destino con habitaciones vacías, vuelos suspendidos, fondos inmovilizados y crecientes riesgos legales. Las sanciones fueron el acelerador, no la única causa.

El turismo en Cuba entra en una etapa incierta

Meliá e Iberostar mantienen parte de sus operaciones en instalaciones no vinculadas con Gaesa. Otras cadenas podrían seguir ese camino. También es posible que grupos menos expuestos al sistema financiero estadounidense ocupen algunos espacios o que el Estado entregue hoteles en arrendamiento a gestores privados.

Ninguna alternativa resolverá el problema central mientras no regresen los visitantes. Cuba necesita recuperar conectividad, estabilidad energética, calidad de servicios y confianza comercial. También debe revisar una estrategia que confundió la construcción de habitaciones con el desarrollo turístico.

La estampida hotelera marca el fin de una etapa iniciada en los años noventa, cuando las marcas extranjeras ayudaron a insertar a Cuba en el mercado vacacional global. Tres décadas después, aquellas alianzas se reducen bajo el peso combinado de Washington y de una crisis interna prolongada.

Los hoteles siguen en pie. Lo que se ha derrumbado es el modelo que debía llenarlos.