Panamá volverá a una Copa Mundial en 2026, pero esta vez el relato es muy distinto al de Rusia 2018. Ya no se trata de un gol agónico, de una épica de sufrimiento ni de un equipo que resiste hasta donde le alcanza el físico. Lo que acaba de conseguir la Marea Roja en el camino hacia Norteamérica es otra cosa. Es la consolidación de un proyecto que ha modificado la jerarquía de Centroamérica y ha obligado a toda la CONCACAF a mirar a Ciudad de Panamá con respeto.
El contexto regional era particular. Con Estados Unidos, México y Canadá clasificados de oficio como anfitriones, se abría un espacio de poder en la eliminatoria. Muchos pensaron que otras selecciones simplemente ocuparían esos huecos. Panamá eligió un camino diferente. Aprovechó el escenario, sí, pero lo hizo jugando finales de Copa Oro, compitiendo en la Liga de Naciones y desplegando un fútbol que ya no depende del azar. La clasificación fue la consecuencia lógica de esa evolución.
El nacimiento del “Christiansenismo”
El giro comenzó en 2020, cuando Thomas Christiansen asumió el banquillo. Formado en La Masía, con ADN europeo y sensibilidad para entender al futbolista latino, llegó a Panamá con una idea clara. El país no necesitaba renunciar a su potencia física, sino organizarla mejor. En lugar de un equipo acomplejado que se protegía cerca del área, imaginó una selección que se atreviera a mandar en el juego, con balón y sin él.

La Federación panameña hizo algo poco habitual en el entorno centroamericano. En lugar de medirlo por una ventana mala, lo respaldó a largo plazo y renovó su contrato hasta 2026. El mensaje fue nítido hacia dentro y hacia fuera. Panamá apostaba por un proceso, no por el técnico de turno. Ese blindaje permitió que la idea madurara, incluso después del golpe que supuso quedarse fuera del Mundial de Qatar 2022. Allí empezó también el trabajo invisible, el de reconstruir la cabeza de un grupo que venía de una decepción y debía aprender a competir sin miedo.
Una pizarra flexible para un equipo moderno
En la cancha, el proyecto se reconoce por su flexibilidad. Christiansen no es un técnico de sistema único, sino de principios. A partir de ahí, ha convertido al 3-4-3 con carrileros en una especie de sello panameño. Tres centrales que no solo despejan balones, sino que inician jugadas, con Fidel Escobar como líder silencioso capaz de romper líneas conduciendo hacia el mediocampo. Y dos laterales largos, Michael Amir Murillo y Éric Davis, que desequilibran como extremos, obligan a los rivales a abrirse y generan penales, centros y superioridad en las bandas.
Cuando el rival se encierra y cierra espacios, la selección cambia de rostro. El 4-2-3-1 se vuelve el plan dominante en el estadio Rommel Fernández. Se suma un mediapunta, Adalberto “Coco” Carrasquilla toma el control del eje y los extremos, a pierna cambiada, buscan finalizar por dentro. No se trata de dibujar esquemas diferentes por capricho, sino de usar cada estructura como una respuesta específica al rival. Esa capacidad de adaptación ha sido una de las grandes marcas de la clasificación.
Un camino con autoridad, del Caribe al grupo de la muerte
La campaña rumbo al Mundial 2026 tuvo un primer mensaje contundente en la segunda ronda, en el Grupo D junto a Nicaragua, Guyana, Montserrat y Belice. Allí no bastaba con pasar. Panamá necesitaba hacerlo con autoridad para posicionarse bien en el ranking y, sobre todo, para consolidar la confianza en su propuesta.
El debut en Belmopán ante Belice, siempre incómodo por el clima, el césped y la fricción, fue un ejemplo perfecto del nuevo carácter panameño. Un gol de media distancia de Escobar apenas comenzado el encuentro rompió la resistencia local y, ya en la segunda parte, Eduardo Guerrero aseguró el 2-0. Nada de caos ni de pelotazos, sino control del partido y paciencia.
En casa, ante Nicaragua, llegó uno de los exámenes más complejos. El rival montó un bloque bajo casi perfecto y el 0-0 al descanso encendía los nervios. Christiansen modificó la altura de sus interiores, pidió desmarques más agresivos, y el partido cambió. César Yanis abrió el marcador, luego llegaron los tantos de Ismael Díaz y Éric Davis de penal. Detrás del 3-0 había un mensaje de madurez. Panamá supo no romperse cuando el gol se resistía. Montserrat y Guyana completaron un pleno de 12 puntos. La Marea Roja cerró la fase con récord perfecto y un aviso a sus próximos rivales.
El grupo de la muerte y la crisis de los empates
La ronda final de CONCACAF presentó un escenario mucho menos amable. El sorteo ubicó a Panamá en el Grupo A junto a Guatemala, El Salvador y Surinam, cuatro selecciones capaces de dañarse entre sí. No había un gigante claro. Cada punto valía oro.
El arranque fue áspero. 0-0 en Paramaribo ante una Surinam intensa, que cortaba los circuitos de Carrasquilla y aprovechaba el calor y la humedad. Luego, 1-1 en el Rommel frente a Guatemala, que silenció el estadio con un gol tempranero y obligó a Panamá a remar contra corriente. El empate llegó por vía de Carlos Harvey, pero la sensación era de oportunidad perdida. El tercer partido, de nuevo ante Surinam en casa, pareció el principio del desastre. Los visitantes se adelantaron, el cronómetro se agotaba y el país entero veía peligrar el sueño. Hasta que, en el último suspiro, Ismael Díaz empató al 90+6. Ese gol no solo salvó un punto. Salvó, en buena medida, el proyecto.
Tres empates consecutivos encendieron la crítica. El equipo no estaba en zona de clasificación directa y las dudas sobre Christiansen volvían a flotar. Ahí se vio la gestión emocional del técnico. Ni gestos dramáticos ni cambios bruscos. Insistió en el discurso de calma y en la confianza en la idea. Y el plantel le respondió.
Noviembre, el mes en que Panamá se hizo gigante
La ventana final obligaba a una ejecución casi perfecta. Había que ganar en dos de los escenarios más hostiles de la región y cerrar en casa sin margen de error. En San Salvador, ante un Cuscatlán encendido y un El Salvador desesperado, Panamá abrazó el pragmatismo. Un gol de José Fajardo a la hora de juego, y después una hora de resistencia, línea de cinco atrás y un Orlando Mosquera gigante bajo palos. Fue la primera victoria de la fase, y la válvula de escape para un vestuario al límite.
El duelo en Guatemala fue directamente un thriller. Con la presión al máximo, Panamá se adelantó 0-2 con un doblete de Cecilio Waterman, dueño del choque físico y del área. Parecía resuelto, pero la selección local empató con dos tantos en tres minutos. El abismo se abría de nuevo. Entonces reapareció Fajardo para firmar el 3-2 y silenciar el estadio. Esa noche, Panamá dejó de ser un invitado molesto para convertirse en una selección capaz de ganar finales fuera de casa.
La coronación llegó en el Rommel, ante El Salvador, el 19 de noviembre. No hubo drama. Panamá jugó como un equipo que sabe lo que quiere. César Blackman abrió el marcador, Davis amplió de penal justo antes del descanso y José Luis “Puma” Rodríguez cerró la fiesta. El 3-0 selló los 12 puntos y el primer lugar del grupo, por delante de Surinam, enviada al repechaje. La Marea Roja había conquistado su billete mundialista con una autoridad desconocida en su historia.
Los hombres detrás del salto de calidad
Carrasquilla, el metrónomo de una nueva Panamá

En el corazón de este equipo hay un nombre propio. Adalberto “Coco” Carrasquilla se ha convertido en el jugador que define cómo y a qué juega Panamá. No solo por su capacidad técnica para proteger el balón y filtrar pases, sino por su lectura del ritmo. Sabe cuándo acelerar, cuándo pausar, cuándo arriesgar. En una eliminatoria donde muchos rivales apostaron por replegarse cerca del área, sus pases que rompen líneas fueron el bisturí que abrió partidos enredados.
Lo más notable es su evolución. Ha dejado de buscar únicamente la jugada vistosa para enfocarse en la acción que más conviene al equipo. Esa madurez se refleja en la serenidad con la que maneja los momentos calientes. Cuando el balón pasa por él, Panamá parece más grande.
Fajardo y Waterman, la resiliencia en el área
El otro símbolo de esta clasificación es José Fajardo. Ha convivido con las críticas por ocasiones falladas en el pasado, pero en el momento de mayor presión se volvió el hombre de los goles que valen puntos. El tanto en el Cuscatlán y el de Guatemala no adornan estadísticas, cambian historias. Su movilidad constante, arrastrando centrales y abriendo huecos para la segunda línea, encaja perfecto en un equipo que no se queda esperando el error rival.
Cecilio Waterman complementa ese frente ofensivo con un perfil distinto. Delantero de choque, capaz de recibir de espaldas, girar, aguantar. Su doblete en Guatemala fue la demostración de que Panamá también sabe castigar cuando decide jugar más directo. Entre ambos han dado al equipo algo que antes faltaba en los partidos grandes. Gol en el momento exacto.
Godoy, la zaga y la seguridad desde atrás
En el mediocampo, Aníbal Godoy encarna el puente entre generaciones. Durante este proceso se convirtió en el jugador con más partidos en la historia de la selección, y su rol va más allá del brazalete. Es el equilibrio que permite a Carrasquilla soltarse. Su experiencia en tres eliminatorias le da la pausa necesaria cuando todo parece ir demasiado rápido.
Detrás de él, la defensa y el arco han sido una garantía. Mosquera ha firmado atajadas silenciosas pero decisivas en los partidos que parecían escaparse. Escobar se ha consolidado como el jefe de la línea de tres, tanto para defender como para iniciar ataques. Y en la banda derecha, la dupla Murillo–Blackman ofrece un lujo poco habitual en la región, con dos jugadores de experiencia europea que se alternan entre lateral, carrilero y extremo sin perder impacto.
Un destino mundialista complejo: el Grupo L
La recompensa por una clasificación tan sólida como la de Panamá llegó acompañada de un desafío mayúsculo. El sorteo en Washington D. C. ubicó a la Marea Roja en el Grupo L, uno de los sectores señalados como “grupo de la muerte” por su densidad competitiva. Allí esperan Inglaterra, Croacia y Ghana, tres selecciones con pedigrí, físico y experiencia mundialista. La FIFA y diversos análisis internacionales no tardaron en catalogar al Grupo L como uno de los dos más exigentes del torneo, junto al Grupo I de Francia.

La hoja de ruta tampoco concede respiro. Panamá debutará el 17 de junio en Toronto ante Ghana, una selección africana que llega a su quinta Copa del Mundo y cuyo técnico, Otto Addo, ya advirtió la importancia de empezar sumando para alivianar la presión del resto del calendario. Seis días después, el 23 de junio, Panamá regresará al BMO Field para enfrentar a Croacia, semifinalista en 2022, subcampeona en 2018 y una de las escuadras europeas más consistentes de la última década. El cierre será directamente un salto al vacío: Inglaterra, el 27 de junio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, escenario pensado para noches grandes y donde la selección de Jude Bellingham aspira a consolidarse como candidata seria al título.
Thomas Christiansen lo resumió con sobriedad al terminar el sorteo: “Sabemos que es un grupo difícil con Inglaterra, Croacia y Ghana, pero tenemos que competir. Llevamos tiempo mejorando y ahora esto culmina con nuestra clasificación al Mundial”. No hubo lamentos. Ni discursos defensivos. Solo una declaración de identidad: Panamá llegó para competir, no para hacer turismo futbolístico.
El formato ampliado del Mundial, con 12 grupos y 48 selecciones, permite que incluso los mejores terceros avancen a la fase de 16avos. Ese matiz táctico también abre ventanas: un punto inesperado, un partido cerrado que se destraba con una pelota parada, una noche inspirada de Carrasquilla o Mosquera… la frontera entre la épica y la eliminación puede resultar delgada. Lo cierto es que, si había un lienzo adecuado para comprobar hasta dónde puede llegar el “Christiansenismo”, ese es exactamente este: un grupo que obliga a Panamá a ser valiente, ordenado y clínico en cada detalle.
La Marea Roja llega, por primera vez, a un Mundial con una estructura capaz de sostener la competencia ante rivales superiores en talento o historia. El grupo es brutal, sí. Pero también es el escenario ideal para medir el tamaño real de una selección que ha cambiado su destino a pulso, y que ahora tiene el reto de hacerlo ante el planeta entero.






