La Copa Mundial 2026 terminó el 19 de julio y España levantó el trofeo dorado en Nueva Jersey. Casi dos meses después, los hoteles recuperaron sus tarifas habituales y las ciudades comenzaron a hacer una cuenta bastante menos emocionante que la deportiva. ¿Cuánto de aquel gigantesco movimiento económico quedó realmente en México, Canadá y Estados Unidos?

La escala fue extraordinaria. Los 104 partidos reunieron a 6.810.966 espectadores, récord histórico para una Copa del Mundo, con una media de 65.490 aficionados y una ocupación del 99,7% en los 16 estadios. Otros nueve millones de personas pasaron por los FIFA Fan Festivals.

Los números prueban que FIFA logró convertir su primer torneo de 48 selecciones en un éxito de consumo. El legado económico, sin embargo, resulta mucho más difícil de medir.

México descubrió los límites del efecto Mundial

México recibió 13 partidos distribuidos entre Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. La cita reforzó su posición como destino futbolístico —fue el primer país en albergar tres Mundiales masculinos— y llenó restaurantes, comercios y hoteles durante determinadas jornadas.

El balance de Deloitte calcula un impacto económico de 2.543 millones de dólares, equivalente al 0,12% del PIB mexicano. También estima 101.255 empleos temporales y 494.000 turistas vinculados directamente con el torneo. Son cifras importantes, aunque inferiores a las expectativas previas: el impacto terminó 7% por debajo de lo proyectado y la llegada de visitantes quedó muy lejos de los 836.000 previstos inicialmente.

Esa diferencia ayuda a entender uno de los principales problemas cuando se evalúa económicamente un Mundial. Las proyecciones suelen contabilizar grandes volúmenes de gasto potencial, pero una parte de ese consumo sustituye actividades que habrían ocurrido de cualquier manera.

Incluso los balances mexicanos muestran lecturas diferentes. La Secretaría de Turismo contabilizó 7,8 millones de viajeros nacionales e internacionales en las ciudades sede durante el periodo mundialista y una derrama turística superior a 42.000 millones de pesos. La ocupación hotelera promedio fue del 66%, aunque alcanzó entre 85% y 90% en jornadas de partido.

La diferencia entre ambos cálculos responde, entre otros factores, a qué visitantes y gastos se atribuyen específicamente al Mundial.

Para los negocios, el reparto tampoco fue uniforme. Deloitte estimó 584 millones de dólares en ventas para la gastronomía y 433 millones para el comercio minorista. Los establecimientos ubicados cerca de estadios, fan zones y corredores turísticos aprovecharon mucho mejor la demanda extraordinaria.

Consulte además: Dossier multimedia sobre la Copa Mundial de la FIFA 2026

Canadá ganó algo más que trece partidos

Toronto y Vancouver afrontaban un reto distinto. Canadá nunca había organizado partidos de un Mundial masculino y utilizó el torneo como plataforma para elevar el perfil comercial del soccer en un mercado dominado históricamente por hockey, baloncesto, fútbol canadiense y otras ligas norteamericanas.

Los primeros datos turísticos muestran un efecto identificable. Durante junio, las llegadas a Canadá desde los 15 países extranjeros que disputaron partidos allí aumentaron 28,6% respecto a junio de 2025, con 33.600 visitantes adicionales. Panamá, Australia y Alemania explicaron buena parte del incremento.

Toronto recibió unos 250.000 espectadores en sus seis encuentros y más de 350.000 personas acudieron a su Fan Festival. Una encuesta preliminar realizada entre visitantes arrojó que nueve de cada diez dijeron que probablemente regresarían a la ciudad por ocio durante los próximos dos años.

Ese posible retorno turístico forma parte del legado que todavía no puede cuantificarse. Antes del torneo, un estudio encargado por FIFA estimaba hasta 3.800 millones de dólares canadienses de producción económica asociada a la preparación y celebración del Mundial entre 2023 y agosto de 2026, incluidos 2.000 millones de contribución al PIB.

La verdadera prueba llegará cuando desaparezca completamente el efecto inmediato y pueda comprobarse si Toronto y Vancouver convierten la exposición global en más turismo, eventos deportivos e ingresos permanentes.

EE. UU. tuvo estadios llenos, pero no un milagro económico

Estados Unidos concentró 78 de los 104 partidos y dispuso de una ventaja considerable, porque casi toda la infraestructura deportiva necesaria ya existía. Grandes estadios de NFL fueron adaptados para el torneo, reduciendo el riesgo habitual de construir recintos multimillonarios cuya utilidad posterior resulta dudosa. Esa ventaja también limita el supuesto legado físico.

Tourism Economics concluyó después del campeonato que el impulso sobre las once áreas metropolitanas estadounidenses fue principalmente temporal y concentrado en ocio y hostelería. Al haberse construido muy poca infraestructura nueva, el efecto sobre el crecimiento a medio plazo será reducido. Parte del gasto mundialista simplemente desplazó turismo convencional.

Nueva York ofrece un buen ejemplo. En junio, la ocupación hotelera apenas aumentó y permaneció por debajo de 2025, aunque las tarifas medias llegaron a unos 378 dólares diarios, 17% más interanual. En la segunda mitad de julio, coincidiendo con la final en MetLife Stadium, la ocupación superó el 90%.

Los hoteles pudieron cobrar más. Eso no significa que toda la economía metropolitana haya crecido en la misma proporción. A escala continental, Visa registró un aumento cercano al 20% en las transacciones transfronterizas dentro de las ciudades sede de los tres países. El dato confirma la capacidad del Mundial para crear concentraciones extraordinarias de consumo durante unas semanas.

El verdadero negocio empieza después del Mundial

S&P Global había advertido antes del torneo que, pese al enorme movimiento local, el Mundial difícilmente produciría un cambio perceptible en las economías nacionales de Estados Unidos, México o Canadá. Los primeros balances respaldan esa cautela.

La Copa Mundial 2026 dejó estadios abarrotados, millones de operaciones comerciales y una exposición internacional difícil de comprar mediante una campaña turística convencional. México obtuvo ingresos importantes, aunque menores a algunas previsiones. Canadá consiguió visibilidad para su mercado futbolístico y un aumento verificable de visitantes. Estados Unidos aprovechó una infraestructura que ya tenía y capturó enormes flujos de consumo sin necesidad de reinventar sus ciudades.

La cuestión pendiente es cuánto durará ese efecto. Los empleos temporales desaparecen, las tarifas hoteleras bajan y los aficionados regresan a casa. El legado económico comienza precisamente entonces, cuando cada ciudad debe demostrar si aquellos 39 días sirvieron para atraer nuevos visitantes, negocios y eventos o fueron, sencillamente, el verano más rentable de una temporada excepcional.