El Mundial de fútbol 2026 terminó en Nueva York, pero su último partido se disputa ahora en presupuestos, auditorías y oficinas públicas. La primera Copa con 48 selecciones produjo una paradoja, pues mientras la FIFA celebró el torneo más lucrativo de su historia, varias ciudades anfitrionas todavía calculan costos, reclaman pagos y tratan de convertir cinco semanas de euforia en un beneficio duradero.
La distinción fundamental es que los ingresos de la FIFA no son los de los países anfitriones. La federación controla derechos audiovisuales, patrocinios, boletos, hospitalidad y licencias. Los gobiernos reciben principalmente impuestos y actividad económica indirecta, pero asumen seguridad, transporte, adecuaciones de estadios y festivales públicos.
Según Associated Press, el Mundial aportó alrededor de 12.000 millones de dólares a la FIFA. Gianni Infantino anticipó que los ingresos de todo el ciclo 2023-2026 —que incluye otras competiciones— superarán los 15.000 millones. El presupuesto revisado había previsto 13.000 millones, con la televisión, la hospitalidad, las entradas y el marketing como fuentes principales. Es un salto enorme frente a los 7.568 millones recaudados en el ciclo de Catar 2022.
La repartición territorial tampoco fue equilibrada, porque Estados Unidos recibió 78 de los 104 partidos; México y Canadá, 13 cada uno. Pero ni siquiera esa distribución determina quién conserva el dinero. Por primera vez, la FIFA operó directamente el torneo mediante su filial estadounidense y retuvo prácticamente todas las fuentes comerciales. Las ciudades obtuvieron exposición, consumo turístico y algunos patrocinios locales, pero no una participación proporcional en la taquilla mundialista.
Estados Unidos, el gran escenario, no necesariamente el gran ganador
Estados Unidos concentró tres cuartas partes de los encuentros, incluida la final. La FIFA y la Organización Mundial del Comercio proyectaron para el país unos 17.000 millones de dólares de actividad económica y 185.000 empleos. Sin embargo, impacto económico no significa utilidad, porque incluye dinero que circuló entre hoteles, restaurantes, proveedores y trabajadores, aunque sustituya otros consumos o termine fuera del país.
Los datos confirman un impulso, pero más pequeño y localizado. Durante el torneo, las compras con tarjetas en las sedes estadounidenses crecieron 6,3% interanual y el gasto de visitantes aumentó 16,7%. Visa registró que las transacciones internacionales subieron casi 20% en el conjunto de las ciudades anfitrionas norteamericanas. Fueron “economías emergentes” de corta duración, concentradas alrededor de partidos concretos.
La polémica está en las cuentas públicas. Las once sedes recibieron 846 millones de dólares federales, principalmente para seguridad, mientras estados, municipios, propietarios y comités aportaron más recursos. Fortune estimó que las ciudades podían acumular un déficit superior a 250 millones. Nueva York, por ejemplo, presupuestó unos 70 millones en servicios adicionales, frente a un máximo estimado de 55 millones en nuevos impuestos.
Después del torneo surgió una disputa simbólica, ya que las once sedes reclamaron un millón de dólares cada una que, según sus comités, la FIFA había prometido para canchas y programas comunitarios. Los 11 millones seguían pendientes a comienzos de este mes, una cantidad minúscula frente a la recaudación mundialista.
El legado estadounidense será menos cemento que capacidad organizativa, con transporte para estadios periféricos, experiencia en seguridad y una nueva masa de aficionados y patrocinadores. Pero sin inversiones permanentes en fútbol base y movilidad, la bonanza corre el riesgo de quedar reducida a ocupación hotelera y empleos temporales.
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México, fiesta multitudinaria con efecto económico fugaz
Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey acogieron 13 partidos. Deloitte redujo su cálculo final de impacto a 2.543 millones de dólares, equivalentes a 0,12% del PIB. Banamex fue aún más prudente: unos 2.000 millones, apenas 0,1% de la economía. La Ciudad de México habría concentrado 548 millones; Jalisco, 290 millones, y Nuevo León, 270 millones.
Restaurantes, bares, comercio y entretenimiento ganaron en días específicos, pero el beneficio fue desigual. Deloitte redujo 40% su previsión de visitantes y estimó alrededor de 100.000 empleos, casi todos temporales. Reuters informó que la mitad de los restaurantes consultados en la capital tuvo una semana peor de lo normal; el gasto hotelero y restaurantero nacional incluso retrocedió en junio. Los boletos caros, las protestas y una ocupación hotelera irregular limitaron el efecto.
México sí conserva mejoras urbanas y estadios renovados, además del valor simbólico de convertirse en el primer país que organiza tres Mundiales masculinos. Pero las obras solo serán legado si mejoran permanentemente la movilidad y el espacio público, no si fueron maquillaje alrededor de los estadios.
Canadá, la brecha más visible entre promesa y costo
La FIFA y Deloitte proyectaron para Canadá 3.800 millones de dólares canadienses de producción, 2.000 millones de PIB y 700 millones de ingresos públicos. El organismo presupuestario del Parlamento calculó, en cambio, que los gobiernos gastaron 1.066 millones: 473 millones federales y 593 millones provinciales y municipales, unos 82 millones por cada partido. Ambas cifras miden cosas diferentes, por lo que restarlas no produce un balance fiable, pero exponen quién asumió el riesgo.
Toronto recibió unos 250.000 espectadores en seis partidos y 350.000 asistentes en su festival. También amplió el estadio, desarrolló programas de empleo juvenil y mejoró operaciones de movilidad. Son beneficios tangibles, aunque insuficientes para demostrar todavía que compensan el gasto público.
El balance, por ahora, tiene un ganador inequívoco. La FIFA convirtió 104 partidos en una recaudación sin precedentes y conservó el control de las principales fuentes de ingreso. Los anfitriones obtuvieron estadios llenos, consumo turístico y una vitrina global, pero también facturas públicas, empleos pasajeros y beneficios repartidos de manera desigual. Estados Unidos aportó la mayor parte del escenario; Canadá asumió el costo por partido más visible, y México comprobó que una multitud no siempre produce una transformación económica.
El verdadero resultado del Mundial 2026 no está, entonces, en el marcador de la final ni en los miles de millones anunciados durante el torneo. Se conocerá dentro de una década, cuando pueda comprobarse si quedaron mejores transportes, barrios atendidos, canchas comunitarias, empresas fortalecidas y una generación más cercana al fútbol. Si esas inversiones sobreviven, el campeonato habrá sido algo más que un espectáculo extraordinariamente rentable. Si no, Norteamérica habrá dejado una lección menos épica, pero más reveladora, ya que abrió sus ciudades, movilizó recursos públicos y llenó los estadios, mientras la mayor parte del negocio tomó el vuelo de regreso a la sede de la FIFA en Zúrich.






