Gianni Infantino creyó que podía vender una parte del mayor espectáculo deportivo del planeta y, al mismo tiempo, reforzar su control sobre la FIFA. El cálculo le salió mal. Su proyecto para abrir las competiciones del organismo a capital privado cayó antes de llegar a votación, no porque el fútbol internacional haya descubierto una vocación anticapitalista, sino porque muchos actores no encontraron una porción clara del beneficio.

La derrota fue política, pero también comercial. Infantino pretendía crear FIFA Forward Enterprise, una filial encargada de manejar los principales activos comerciales de la organización. La operación contemplaba vender una participación a inversores privados y elevar el valor del nuevo vehículo empresarial hasta 20.000 millones de dólares.

La resistencia nació del reparto

El discurso oficial de UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática presentó el rechazo como una defensa del fútbol frente a los mercados. Esa explicación resulta cómoda, aunque incompleta. Las confederaciones llevan décadas monetizando torneos, derechos audiovisuales, patrocinios y calendarios. No se opusieron a convertir el Mundial en una máquina de ingresos. Esa transformación ya ocurrió.

El verdadero problema fue otro. Infantino intentó diseñar el negocio desde arriba, con escasa transparencia, aliados cercanos a la familia política de Donald Trump y una arquitectura financiera que concentraba demasiado poder alrededor de su figura. Las demás partes no vieron con claridad qué controlarían, cuánto recibirían ni qué influencia conservarían después de entregar una participación de las joyas comerciales de la FIFA.

La promesa de aumentar las transferencias a las federaciones tampoco bastó. Infantino ofrecía multiplicar los fondos destinados a las 211 asociaciones nacionales, pero el incentivo llegó envuelto en demasiadas preguntas. ¿Quién elegiría a los inversores? ¿Quién administraría la filial? ¿Qué derechos quedarían comprometidos? ¿Qué ocurriría cuando los accionistas exigieran rentabilidad?

Las confederaciones entendieron que podían terminar legitimando una privatización cuyos beneficios inmediatos serían visibles para Infantino y sus socios, mientras los costos políticos y la pérdida de control recaerían sobre ellas.

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El presidente que dejó de parecer invencible

Durante una década, Infantino construyó su poder sobre una fórmula eficaz. Más torneos, partidos, dinero y mayores transferencias a federaciones pequeñas. Ese sistema le permitió neutralizar oposiciones, obtener reelecciones sin rivales y presentarse como distribuidor de una prosperidad que dependía de su permanencia.

Pero esta vez sobrestimó su autoridad. Europa, Asia y Concacaf reunieron suficientes votos para sepultar la propuesta. La amenaza europea de boicotear competiciones de la FIFA convirtió el plan en comercialmente inviable. Un Mundial sin España, Francia, Alemania, Inglaterra y otras potencias perdería valor para cualquier fondo de inversión.

La crisis también penetró en el aparato interno. Renuncias y críticas de altos funcionarios revelaron que el proyecto no había sido consensuado. Cuando una iniciativa estratégica parece pertenecer a una sola persona, la derrota empresarial se convierte rápidamente en una crisis de liderazgo.

Por eso ya no parece absurdo pensar que a Infantino le estén pasando la cuenta. Sus enemigos ahora saben que puede perder. Sus aliados saben que puede dejar de ser útil. Y en una organización gobernada por pactos, favores y transferencias económicas, la percepción de debilidad suele ser más peligrosa que cualquier denuncia.

El Mundial de 64 equipos, otro negocio disfrazado

La posible expansión del Mundial de 2030 a 64 selecciones responde a la misma lógica. Más equipos significan más partidos, más derechos televisivos, entradas, patrocinadores y federaciones agradecidas por recibir una oportunidad de clasificación.

Sin embargo, el costo deportivo sería enorme. El torneo de 2026 ya amplió su formato a 48 participantes. Llevarlo a 64 reduciría todavía más la exigencia de las eliminatorias y abriría espacio a selecciones sin nivel competitivo suficiente. La fase inicial tendría más partidos previsibles, mayores diferencias y menor tensión.

La FIFA vendería la expansión como inclusión global. En realidad, sería una nueva herramienta para ensanchar el mercado y asegurar votos. Cada plaza adicional puede convertirse en respaldo político. Cada partido extra, en inventario comercial.

El Mundial conserva su prestigio porque clasificar sigue siendo difícil y porque la competición reúne a la elite. Si la FIFA elimina progresivamente esos filtros, el torneo será más grande, pero no necesariamente mejor. La abundancia de partidos puede terminar erosionando el valor de cada uno.

La idea sigue viva

Infantino perdió esta batalla, aunque la privatización no ha desaparecido. Los activos del Mundial son demasiado valiosos para que fondos, bancos y dirigentes abandonen el intento. El próximo proyecto probablemente será más gradual, mejor repartido y menos personalista.

Ese puede ser el legado inmediato de la crisis. No el final de la comercialización extrema, sino el final del monopolio de Infantino sobre ella. Sus días en la presidencia podrían estar contados, pero el negocio que impulsó seguirá buscando otra forma, otro nombre y quizá otro dirigente dispuesto a venderlo.